martes 23 de junio de 2009

154 El abuelo

Estoy sentada en una incómoda silla de madera de pino sin pulir, sobre una tarima de tablas claras, de aspecto basto y descuidado. Ante mí hay un ataúd de roble cerrado. Esta visión me horroriza y siento un gran deseo de marcharme de aquí a toda prisa, pero a la vez me atrae como un imán y la curiosidad me mantiene atada a este duro asiento. Por una parte, me da repelús la idea de tocarlo y por otro lado, soy capaz de vencer mi repulsión y abrir el féretro para satisfacer este deseo insano de descubrir su contenido. Cuando acerco mi mano derecha a la tapa de la caja mortuoria, este escenario desaparece y me encuentro sentada en un escabel de madera barnizada de castaño, en la casa de mi madre, en la cocina nueva, amplia y luminosa, con sus cinco ventanas (tres orientadas al sur, una al este y otra al oeste) y su alicatado de azulejos de color amarillo claro. Aquí huele deliciosamente, a bizcocho de huevo y a mermelada de melocotón, porque ella está preparando un brazo de gitano, que remoja con un almíbar de vino blanco hervido con canela y azúcar.
Mi abuelo llega en este momento, tan sonriente y bromista como yo le he conocido durante tantos años, vestido con pantalones y chaqueta de pana verde oscuro, y una camisa de cuadros del mismo color mezclado con granate, calzado con las botas que solía usar cuando trabajaba con mi padre en el aserradero, y se sienta a la mesa. Me alegro mucho de verlo tan animoso, sobre todo teniendo en cuenta que yo, en el fondo, sé que hace más de tres años que ha fallecido, que nunca vivió con nosotros en aquella casa nueva, y que, durante la última etapa de su vida, su carácter cambió ostensiblemente y se encerró en su casona sin querer ver a nadie, sin cuidarse en absoluto, a esperar la muerte. Mi abuelo y yo hablamos, él siempre ha tenido un humor excelente, nos gasta bromas y es entusiasta y alegre. Me siento contentísima de estar con él, pues yo siempre lo he querido mucho y estoy segura de que soy su nieta preferida porque me parezco a mi abuela en los ojos, en el pelo y en el carácter, según dice mi madre.
La alarma del despertador interrumpió el sueño feliz de Minerva. De inmediato se apoderó de ella la nostalgia de aquel tiempo lejano en que había sido tan feliz con su abuelo; con lágrimas en los ojos, hubo de reconocer cuánto extrañaba la presencia del anciano en su vida de adulta independiente. El paso de los años, cruelmente, había apartado de su lado a una persona entrañable a la que ella había querido mucho más que a su propio padre.

miércoles 3 de junio de 2009

135 La trampa

La intervención quirúrgica para implantarle a un hombre joven un segundo pene acaba de finalizar. Puede verse la zona genital rasurada, y los dos miembros, el segundo implantado por encima del primero; además, en la piel afeitada destacan con claridad los puntos de sutura.
El paciente se está despertando poco a poco de la anestesia. Una doctora le administra una inyección en el brazo izquierdo, quizá de algún analgésico que le adormezca el dolor de la herida.
—Bueno, general Duharé, ya está usted listo para su propósito –anuncia la doctora, retirando la aguja hipodérmica, que cubre con un largo capuchón plástico antes de arrojarla a un recipiente de forma cúbica con advertencias de peligro de contaminación biológica en sus cuatro caras laterales.
—Me siento algo atontado –dice el general–. No creo que ahora mismo pueda hacerme cargo de ninguna misión –bromea con voz pastosa.
—Ya veo que sigue conservando su buen humor. Lo necesitará cuando deba acudir solo al lado de esa mujer y no pueda recurrir a nadie…
—No creo que corra peligro. Dicen que la reina Gador es muy hermosa y todas las ghevaradas han tenido fama de ser muy sensuales…, incluso aquella que mantuvo durante años una secreta relación amorosa con el jefe de su guardia…
—…al que luego ordenó encarcelar y ejecutar, según dice la leyenda –añade la doctora.
—Sí, eso he oído –acepta el general–, pero creo que él se lo buscó, ¿o no fue ese mismo hombre quien intentó adueñarse del poder?
—Lo intentó, efectivamente –confirma la doctora–, y pagó con la vida su osadía. Una ghevarada nunca es débil… Usted deberá tener más cuidado.
El timbre del teléfono liberó a Minerva de aquel sueño tan extraño. Cuando logró coger el auricular, ya habían colgado. Sin duda, alguien se había equivocado de número y se había dado cuenta enseguida. Miró el reloj de su mesilla de noche. Le faltaban diez minutos para levantarse. Permaneció acurrucada con el gato en la cama, bajo el cálido y ligero edredón de plumas, mientras repasaba la compleja historia de aquellos increíbles personajes: un hombre con dos penes y una curiosa misión para la que iba a necesitar el segundo miembro viril, una reina a la que debía conquistar, otra reina que había condenado a muerte a su amante… Minerva pensó que esto último no era nada nuevo, ya lo había hecho Isabel I de Inglaterra con el conde de Essex… ¿Y qué diantres era una ghevarada?

sábado 23 de mayo de 2009

167 La verdadera naturaleza masculina

Hoy he visto a mi hija gritándole a su hermano Alí. En un principio he creído que se trataba de una disputa sin importancia, relacionada quizá con algún juego que ambos querían a la vez, pero al ver que la situación continuaba igual durante unos minutos, he ido a reprenderla. La he llevado aparte y le he explicado:
—Cariño, no le grites a tu hermano, los hombres son seres muy delicados y sensibles. Podrías herirlo.
—Pero la tía Fátima me ha dicho que antes eran muy malos y nos hacían muchas cosas malas –me ha respondido con la lógica de sus seis años y su boquita fruncida por el resentimiento.
He comprendido sin dificultad que mi hermana, que es historiadora y arqueóloga, le ha estado contando a la niña la historia de nuestro país y quizá la de nuestra familia. Debo hablar con ella y pedirle que todavía no le explique estos sucesos a mi hija, pues es demasiado pequeña para comprender la evolución de nuestra sociedad y quizá se forme una idea equivocada de la verdadera naturaleza masculina.
—Cariño, fíjate en tu padre y en tus hermanos, ¿no crees que son buenos? Piénsalo bien. Dime, ¿ellos te han hecho algo malo?
Mi hija reflexionó unos instantes antes de responder:
—Ellos, no.
—Claro que no, cariño, ellos te quieren mucho, y también Abdullah, que te da un beso cuando vuelve de sus viajes, y el cocinero y el chofer, pero el que más te quiere es papá. Y papá también es un hombre, ¿verdad?
—Sí –reconoce, aunque parece que aún no la he convencido por completo.
—Cuéntame todas las cosas que hace papá por ti en un solo día. Vamos a ver cuántas son…
—Me lleva al colegio
—Pero antes de eso, te despierta, te ayuda a asearte y a vestirte, te da el desayuno, te ayuda a lavarte los dientes…, ¿o no?
—Sí… Y me ayuda a llevar los libros.
—¿Lo ves? ¿Te das cuenta de todas las cosas en las que papá te ayuda? Él es un hombre bueno. ¿Qué más?
—Me recoge en el colegio y me trae a almorzar.
—Ajá.
—Y me lleva a clases de música y de ballet y de lucha.
—Exactamente.
—Y me da de merendar, me ayuda con los deberes del colegio, me baña…
—Y después de cenar te lleva a la cama en brazos, te cuenta un cuento y te da un beso, ¿verdad? Mi padre también lo hacía –mentí, pues no era mi padre sino Yafar, el segundo marido de mamá, quien me atendía a diario–. También era un buen hombre. ¿Qué opinas ahora de tu padre?
—Hummmm…, ¿que es bueno y que me quiere?
—Eso es. O sea que nada de maltratar a los hombres, ¿de acuerdo?
—Sí, mamá.
Claro que hay hombres maltratados, igual que hay mujeres que sufren golpes o desprecios de sus maridos. Esto no hemos sido capaces de erradicarlo por completo. Por eso debemos educar a nuestras hijas y a nuestros hijos para que sean respetuosos con sus cónyuges. Paradójicamente, los malos tratos suelen darse con mayor frecuencia en los casos de matrimonios monogámicos, ya que cuando hay varias esposas o varios maridos, es fácil que se protejan o defiendan unos a otros y resulta improbable cualquier atropello, que además sería factible penar legalmente pues habría testigos del delito. Un factor determinante es el nivel cultural y económico, ya que las dificultades monetarias y la escasa formación suelen ir parejas con la imposibilidad de una familia poligámica o poliándrica, de modo que parece más lógico que un bajo nivel sociocultural y económico vaya ligado a malos tratos a los respectivos cónyuges que el hecho de que el matrimonio sea monogámico o no.
He podido observar que la poliandria y la poligamia van ligadas a la posesión de riqueza y al estatus social de quienes ejercen como cabeza de familia en cada caso. En realidad se ha transformado un sistema absolutamente sexista en un sistema clasista hasta la médula. Sé que no debo estar descontenta porque soy mujer y en el anterior estado de cosas no tendría ninguna oportunidad, pero creo que debemos luchar también por mejorar la situación de las clases más desfavorecidas y el primer paso es, como ha demostrado la historia, reformar el sistema educativo, generalizar la instrucción pública y garantizar el derecho de toda la población a recibir una formación suficiente y adecuada, para que la educación no contribuya a acentuar las diferencias económicas y sociales, sino a paliar las deficiencias y a mejorar la situación de los más humildes. Quizá deba reflexionar acerca de la conveniencia de desviar mi carrera hacia la lucha política. Seguramente podría realizar una labor importante en este campo, sobre todo teniendo en cuenta mis conocimientos de leyes y de economía.
Drácula despertó a su ama, que se revolvía en el lecho agitada, preocupada por el cariz que estaban tomando sus pensamientos y en la difícil tesitura de decidir qué nueva tarea iba a asumir... El hermoso felino se acurrucó con ella, acercó su naricilla al cuello femenino y se acomodó sobre su hombro derecho. Con este sencillo gesto, le quitó un gran peso de encima. Minerva acarició el suave pelaje del gato durante unos minutos y volvió a dormirse, ya más calmada.

viernes 10 de abril de 2009

221 Una espectadora inmóvil

En una gruta bastante lóbrega, la silueta de un anciano permanece inmóvil. No puedo ver al hombre, pero cerca de él hay una fuente de luz, posiblemente una hoguera, pues la luminosidad que percibo me recuerda las oscilaciones de las llamas. Su sombra reflejada en la pared me permite deducir que es un hombre de larga barba ondulada y abundante cabello que le nace en la frente. Supongo su edad avanzada por su espalda algo encorvada. Yo también permanezco inmóvil, pues me resulta imposible desplazarme hacia otro puesto de observación para ver el original de esa sombra.
Percibo un ruido y el hombre hace un gesto levísimo con la cabeza, lo que me indica que probablemente lo ha oído él también.
El anciano se incorpora con dificultad, ahora puedo ver su silueta de pie apoyándose en un bastón, no demasiado erguido por la curvatura de su vieja espalda.
Una sombra entra rápidamente en la cueva y se acerca al hombre. El recién llegado parece joven, delgado, de aspecto atlético, sin duda. Tiene el cabello rizado y corto. El anciano, con más rapidez de la esperada, sujeta al joven por la barbilla, levanta una mano armada con un instrumento cortante y le da un tajo en el cuello, probablemente a la altura de la yugular, pues percibo un chorro de sangre que brota de la herida con fuerza… El atacante acerca su boca al cuello de su víctima, que se debate todavía entre la vida y la muerte en una lucha de la que no saldrá victorioso. Pasan así minutos, quizá horas, no puedo saberlo porque la escena parece congelarse y alargarse como si se produjese una distorsión temporal. También el espacio se ha desequilibrado. Esta oscuridad que me envuelve me impide huir. ¿Me aguardará el mismo destino que al joven? Espero ser sólo una espectadora de este drama…
El atacante se incorpora, ha soltado a su víctima, que se desploma ya sin vida. El asesino eleva sus manos hacia el techo de la cueva, profiriendo un grito capaz de helar la sangre de la persona más valiente… Su espalda ya no está encorvada y con ímpetu lanza lejos de sí el bastón que hace un rato le era tan necesario.
Minerva se despertó sobresaltada por el sangriento sueño. A su lado Drácula dormía plácidamente, con un suave ronroneo. Todo estaba bien. Aquella historia escalofriante era sólo una creación de su subconsciente, pensó, intentando tranquilizarse.

martes 24 de marzo de 2009

150 Un extraño acecha de nuevo

Me encuentro en el cuarto de baño del piso bajo de la casa de mis padres, acabo de darme una ducha y me estoy secando a conciencia con la intención de aplicarme una crema hidratante en el rostro e irme a dormir.
Los visillos están abiertos porque el cuarto de baño da a la parte trasera de la casa, a un huerto de habichuelas que también es nuestro y nadie pasa nunca por allí. Pero, de repente, me parece vislumbrar un movimiento rápido fuera de la ventana. Cuelgo la toalla intentando no dar muestras de mi creciente nerviosismo y con gestos aviso silenciosamente a mi madre, que se dispone a acostarse. No quiero dar la alarma y que el mirón se me escape. Cada vez es más fuerte la sensación de que ya he vivido antes esta misma situación y sé qué va a pasar.
Mi padre no está en casa, de modo que yo debo utilizar la escopeta; voy a su habitación y con presteza saco el arma, desmontada y descargada, de su funda. Sé cómo recomponerla y cargarla pues he visto a mi padre hacerlo alguna vez y recuerdo dónde guarda él los cartuchos de caza.
Mientras voy rápidamente hacia la cocina, encajo a toda prisa las piezas. Sé que el intruso huirá por ahí y efectivamente, quizá cansado de acechar mi regreso al cuarto de baño o sospechando que le he visto, oigo sus pisadas en la gravilla del sendero que comienza en el huerto de habichuelas y bordea la casa. Cuando, instantes después, me parece captar la débil sombra que produce al moverse bajo la escasa luz de una farola, cerca de las parras que adornan la entrada, yo ya he abierto una ventana y disparo en aquella dirección con tan buena puntería que escucho una queja. No imagino dónde le he podido herir porque la escopeta se ha movido y también me ha hecho desplazarme a mí con el retroceso (es una pena que a las mujeres no nos enseñen a usar armas de fuego), pero estoy segura de haber oído ayes, probablemente de dolor y quizá de sorpresa, pues no se esperaría aquello. Mi madre dice que debemos salir y yo le replico que es peligroso; no obstante, ella se dispone a abrir la puerta de la calle…
Un abrazo repentino despertó a Minerva. Asustada, encendió la lámpara de la mesilla de noche, miró a su alrededor y respiró con alivio al ver que el brazo que la había asustado era de Alex, que dormía con una sonrisa infantil en los labios, respiraba acompasadamente y se había dado la vuelta para abrazarla y acurrucarse junto a ella. Drácula, el gato, dormitaba en los pies de la cama.

sábado 14 de marzo de 2009

140 Amenazas

Me he acostado ya y estoy a punto de dormirme cuando el Idiota abre la puerta del apartamento con su llave y entra. Viene a mi cuarto y me dice que él quiere dormir en su casa. Sin dejarme tiempo para replicarle, medio dormida como estoy, que esta es mi casa y no la suya, se acuesta a mi lado, vestido, sobre el edredón, y comienza a hablarme de un modo que poco a poco deviene amenazador.
—Mereces morir por lo que me haces –me dice con cierta violencia contenida en su voz chillona.
Lo que yo le hago es solicitar la separación legal porque ya no lo soporto más, después de intentar repetidamente negociar con él un divorcio de mutuo acuerdo.
—No sabes cuánto me haces sufrir. Te mataré, puedes estar segura.
Entonces intento recordar si él sabrá o no dónde están los cuchillos en la cocina y me parece que no, que él no lo sabe. De todos modos, se me ha quitado el sueño y me doy cuenta de que no puedo dormirme, sino que debo permanecer en vela por si al loco este le da por atacarme.
Mientras le oigo proferir más amenazas de la misma índole, me dedico a reflexionar acerca de si será mejor quedarme aquí esta noche o marcharme de casa y dejarlo solo, a pesar de que este es mi apartamento y yo no tengo por qué irme de aquí.
El sentido común me pregunta que adónde voy a ir a las dos de la madrugada de un martes. Se me ocurre que a casa de una amiga mía, Elisa, que vive varias calles más allá, pero ella estará durmiendo porque, como yo, tendrá que madrugar para ir a trabajar mañana. Otra posibilidad es ir a casa de un amigo que también vive cerca, pero él está divorciado, a lo mejor tiene compañía y yo le estropeo los planes. Esa voz interior que me aconseja algunas veces me dice también que no sé qué voy a encontrar en las calles solitarias y que quizá es preferible un peligro ya conocido, al que probablemente podré manejar y hacer frente si las cosas se ponen muy feas.
Mientras el Idiota sigue hablando de matarme, comienzo a hacer, mentalmente, recuento de los objetos que podré utilizar como arma para defenderme en caso de un posible ataque: Los grandes cuchillos para carne y pan que guardo en el fondo del tercer cajón de la cocina, una especie de tenedor con dos largos dientes para sujetar carnes o quesos, el martillo y la más grande de las llaves inglesas que están en el penúltimo de los estantes inferiores de la despensa. En mi dormitorio, de memoria, no hallo nada que me sirva, excepto la lámpara de la mesilla de noche, cuya pantalla es de cristal grueso y resistente.
Estoy sumida en estos pensamientos cuando él sale del cuarto y se dirige a la cocina; aguardo, totalmente quieta, más lúcida y despierta que nunca, prestando absoluta atención a los ruidos que provienen de allí, para saber si él ha ido a buscar una posible arma y, en ese caso, actuar en consecuencia, pero no, sólo oigo la puerta de la nevera al abrirse, el clic de una lengüeta y el silbido del gas de una lata de cerveza o de otra bebida gasificada que libera la presión del recipiente.
No vuelve a mi cuarto, sino que se dirige a la salita y enciende la tele. Me parece oír que se sienta en un sillón individual cuyos muelles rechinan un poco. Me gustaría poder dormirme, pero sé que debo permanecer alerta. Me entretengo un rato pensando qué voy a hacer los próximos días, hasta que él regrese a casa de su madre, para no volver a encontrármelo ni a verme en una situación igual a esta en la que me hallo ahora mismo. Me fastidia mucho no poder descansar porque mañana tendré, como siempre, que visitar y revisar varias obras, y no es aconsejable realizar este trabajo agotada por la falta de sueño.
Me he dado a todos los diablos por no haber previsto una situación así cuando puse las manillas a las puertas de mi casa, ya que ninguna de ellas permite cerrar una puerta por dentro. Tampoco hay ningún pestillo o pasador ni mucho menos una cerradura con llave. ¿En qué estaría pensando yo? Y pronto me contesto a mí misma que he preparado mi apartamento para vivir yo sola, sin intrusos que profieran amenazas, y que esta es una situación inesperada e imprevista.
He decidido que mañana cogeré una bolsa de fin de semana, meteré en ella lo necesario y me iré al apartamento de Elisa hasta que tenga la certeza de que el Idiota ya está en casa de su madre y no volverá a colarse en mi vida. Otra posible solución que se me ocurre es cambiar la cerradura exterior, pero no me gustaría que ese impresentable viniese a aporrear mi puerta cualquier noche. Es mejor la primera opción.
Efectivamente, he hecho bien en no dormirme, porque al cabo de un rato, supongo que cansado de ver la tele, vuelve a mi dormitorio a incordiar. Cuando escucho sus pasos, finjo estar dormida, pero él se acuesta sobre el edredón, como antes, se acerca a mí y comienza con su retahíla de amenazas que siempre llevan al mismo lugar común:
—Mereces la muerte por lo que me haces. No tienes derecho a hacerme tanto daño. Eres una egoísta.
Yo soy una egoísta. Él no, claro. Pero ha sido él quien siempre ha querido salirse con la suya y que yo haga lo que él desea. Claro que no lo ha logrado nunca, pero siempre ha intentado, una y otra vez, forzarme a aceptar sus caprichos. Yo me doy perfecta cuenta de que es un modo de probar hasta dónde puede llegar conmigo. Como cuando el adivino intenta leer el perro de Obélix. Leer el perro es un modo de saber hasta dónde te van a permitir llegar, hasta qué punto vas a poder dominar a alguien. El adivino prueba si le permiten matar el perro para leer el futuro en sus entrañas y halla que no sólo no le dejan sino que además le prometen un formidable tortazo si lo intenta. Pero si se lo hubiesen permitido, sabría que podría hacer lo que le diese la gana. Las mujeres maltratadas sufren continuamente situaciones parecidas a causa del afán de su verdugo por someterlas.
Minerva se despertó, asustada por su pesadilla, y recordó que había vivido aquella desagradable situación el día en que le comunicó a su marido, por enésima vez, su deseo de separarse de él. Claro que aquella ocasión ella logró que fuese diferente. Como ya suponía cuál iba a ser la reacción de él, Minerva se lo llevó a un lugar público, un restaurante, para evitar una escena violenta por parte de él, que había reaccionado así las veces anteriores. Allí le hizo saber que iba a dejarlo y que no cambiaría de opinión, aunque él la amenazase con unas tijeras o con el suicidio, como en otras ocasiones. Todos estos problemas habían marcado profundamente a Minerva y aunque él no había conseguido inspirarle temor, con la repetición de las mismas escenas desagradables y violentas, ella había desarrollado un gran rechazo a cualquier contacto con su marido, aunque sólo se tratase de sostener una conversación. Ya no soportaba ni siquiera su presencia y todo lo relacionado con él la molestaba. Cuando rememoraba las veces que él había intentado influir en sus decisiones o forzarla a tomar una decisión que a él le convenía, Minerva se enfadaba de un modo irracional, primitivo, inexplicable. Habían pasado ya más de cinco años desde la separación y, a pesar del tiempo transcurrido y de lo que se había divertido desde entonces, intentando olvidar todos los años nefastos pasados al lado de aquel marido, sus pesadillas todavía recreaban las desagradables situaciones vividas con él.

domingo 8 de marzo de 2009

137 La madre de Shayara

He ido de visita a casa de mi madre, que se llama Shayara, como mi hija y como yo. Me está mostrando las fotografías de un álbum en que aparece ella con sus tres maridos y con sus tres hijas. Mi padre fue su primer cónyuge y guarda un cierto parecido con Abdullah. Cuando le hago esta observación, ella me explica pacientemente que mi primer marido es pariente lejano de mi padre. Abdullah, hijo de la segunda esposa de un padre polígamo, decidió, al inicio de su carrera diplomática, que le convenía más ser el primer marido de una mujer importante que tener varias esposas que no lo fuesen. Por eso se casó conmigo, que soy licenciada en Derecho y en Economía, y ocupo un puesto de gran responsabilidad. Para él es muy satisfactorio asistir a una recepción de grandes figuras internacionales y presentar a su esposa como directora general de una empresa y licenciada universitaria por partida doble.
Me siento como quien está viviendo una vida ajena, a la que he llegado in medias res, y, por lo tanto, desconozco lo que ha sucedido y por qué las cosas son como son. Me pregunto de quién es esta vida que yo estoy disfrutando ahora.
Mi madre me cuenta a grandes rasgos nuestra historia, ella dice que como cuando era una niña y quería oír una y otra vez la leyenda de una antepasada nuestra que, con sus poderes mentales y su capacidad para influir en los demás, logró iniciar el cambio de mentalidad de nuestro mundo. Aquella mujer extraordinaria se llamaba Shayara y, desde entonces, todas las primogénitas de la familia llevamos este nombre en recuerdo suyo. Shayara tuvo, muy joven, tres hijas, Shayara, Yasmina y Fátima, a las que transmitió, con sus genes, sus poderes y su ideología para cambiar el mundo. Ella había logrado que su padre la casase con el muchacho que la propia Shayara había elegido para realizar sus planes, y consiguió que su marido, en contra de las costumbres musulmanas, no tomase ninguna otra esposa. En aquella época, hace casi quinientos años, la mujer no tenía acceso a estudios ni a cargos políticos, ni siquiera tenía derecho a los conocimientos elementales, a su propio cuerpo, al placer ni a la salud. De modo que, con el fin de vencer su incapacitación legal para llevar a cabo su proyecto, influyó en su marido, que pertenecía a una familia adinerada, para que estudiase Derecho y Economía, y comenzase una carrera política que fue exitosa y logró mejorar la situación legal de las mujeres, aunque él no vivió lo suficiente para llegar a ver cumplidas todas las aspiraciones que ella, poco a poco, le fue transmitiendo. Shayara supo a tiempo que su marido sufría un mal incurable y le inspiró a este quién debía ser su sucesor, pues ella sabía que como viuda nada podría hacer. El marido moribundo dejó en su testamento expresado su deseo, o el que él creía que era su deseo, de que su mujer, tras enviudar, fuese la esposa de cierto personaje singular e inteligentísimo al que él había ayudado hacía algún tiempo y con el que le unía una buena amistad.
Este personaje, llamado Babrak, había protagonizado una curiosa historia en el mundo musulmán. Proveniente de una influyente familia y acaudalado por su cargo de juez, descontento con su papel de hombre y con todo lo que ello presuponía, decidió someterse a una operación de cambio de sexo sin poder ni siquiera imaginar el infierno que le esperaba en su condición de mujer musulmana. Fue obligado a abandonar su plaza de magistrado y muy pronto pudo comprobar y sufrir en sus propias carnes el desprecio y la falta de derechos de toda índole que suponía ser mujer. Desilusionado de su experiencia, quiso regresar a su antigua naturaleza masculina, pues se le hacía insoportable vivir un solo día más en aquel cuerpo femenino odiado, condenado a permanecer siempre oculto, considerado un vaso de impurezas. Pero como mujer ya no se tenía en cuenta su opinión, ni siquiera su familia consideró sus deseos, y estaba al borde de la desesperación cuando, al parecer casualmente, conoció a Shayara, quien comprendió sin dificultad los sufrimientos de Babrak e influyó en su marido para que intentase ayudarle. De este modo, Babrak recuperó su cuerpo masculino y, con él, los privilegios que había perdido, su antiguo nombre y el cargo que había ocupado. Había aprendido una lección cruel e inolvidable, y comenzó, a causa del recuerdo de su terrible experiencia y quizá también influido por Shayara, a colaborar con el marido de esta en la lucha por los derechos de la mujer, y la amistad entre los tres fue creciendo a la vez que la influencia política de Babrak. Cuando Shayara enviudó, Babrak, cumpliendo el último deseo del que había sido su mejor amigo, la tomó por esposa y continuó la lucha política por mejorar la situación de las mujeres islámicas. Tuvieron tres hijas: Samira, Zahra y Aminara; pero los sucesivos alumbramientos no impidieron que Shayara continuase sus invisibles manejos para ayudar a su marido, ya que ella sabía cómo tocar delicadamente los hilos de los cerebros más resistentes para provocar en las mentes un cambio de ideología tan sutil y, en apariencia, tan natural que no sorprendiese a nadie, ni siquiera al propio implicado. Babrak ocupó cada vez puestos de mayor responsabilidad política hasta llegar a ser diputado y, posteriormente, ministro de Interior. Ya estaba donde Shayara ambicionaba y desde ahí podía promover cambios y modificar leyes. Shayara sostuvo a su marido en ese cargo durante más de veinte años, a pesar de las oscilaciones de la política asiática e incluso de la política mundial. Cuando Babrak falleció, ya estaban casadas las tres hijas del primer matrimonio de Shayara con hombres influyentes que, poco a poco, habían ido ocupando puestos de poder en la situación política del momento. Las hijas de Babrak estaban estudiando sendas carreras universitarias en países occidentales. Las seis muchachas habían heredado buena parte de los poderes maternos, que les permitían introducirse en las mentes ajenas y modificar su pensamiento, sus deseos, sus ideas o sus sentimientos. Shayara había sido una maestra excepcional y había inculcado en sus hijas la necesidad de recurrir a este método en vista de la imposibilidad de llevar a cabo por sí mismas su proyecto. Se hallaban en aquel momento en un proceso muy lento de cambio de mentalidad, en vías de producirse la necesaria separación entre el estado y la religión, paso previo absolutamente necesario para promulgar la ley que establecería la igualdad entre hombres y mujeres. Aún quedaba un largo camino hasta conseguir que la sociedad islámica viese con buenos ojos a una mujer ejerciendo un cargo de responsabilidad. Poco a poco la situación fue evolucionando y bastantes años más tarde, las mujeres ya podían salir a la calle sin velo, tenían derecho a la escolarización y, según la ley, podían elegir al hombre a quien deseaban por marido. Además, se les permitía trabajar y su salario les pertenecía, no podían ser lapidadas ni asesinadas por sus familiares varones, tenían derecho a un juicio justo si cometían algún delito…
Pero aún quedaba mucho por hacer, puesto que la igualdad legal era sólo el principio; a partir de aquel momento había que producir un verdadero cambio de mentalidad, inculcar en todos los cerebros el nuevo papel de la mujer y su importancia en la construcción de una nueva sociedad, una sociedad humana, como diría Ibsen, un escritor europeo de hacía seis siglos, allá por el mil ochocientos y pico.
La alarma del despertador sobresaltó a Minerva justo en el momento en que la madre de Shayara se tomó un respiro en la narración de aquella historia apasionante. Ya era la hora de levantarse, pero lo que en realidad le apetecía a Minerva era seguir escuchando a aquella mujer, saber el final del cuento y, sobre todo, conocer mejor la vida de Shayara y de sus antepasadas.