sábado, 14 de marzo de 2009

140 Amenazas

Me he acostado ya y estoy a punto de dormirme cuando el Idiota abre la puerta del apartamento con su llave y entra. Viene a mi cuarto y me dice que él quiere dormir en su casa. Sin dejarme tiempo para replicarle, medio dormida como estoy, que esta es mi casa y no la suya, se acuesta a mi lado, vestido, sobre el edredón, y comienza a hablarme de un modo que poco a poco deviene amenazador.
—Mereces morir por lo que me haces –me dice con cierta violencia contenida en su voz chillona.
Lo que yo le hago es solicitar la separación legal porque ya no lo soporto más, después de intentar repetidamente negociar con él un divorcio de mutuo acuerdo.
—No sabes cuánto me haces sufrir. Te mataré, puedes estar segura.
Entonces intento recordar si él sabrá o no dónde están los cuchillos en la cocina y me parece que no, que él no lo sabe. De todos modos, se me ha quitado el sueño y me doy cuenta de que no puedo dormirme, sino que debo permanecer en vela por si al loco este le da por atacarme.
Mientras le oigo proferir más amenazas de la misma índole, me dedico a reflexionar acerca de si será mejor quedarme aquí esta noche o marcharme de casa y dejarlo solo, a pesar de que este es mi apartamento y yo no tengo por qué irme de aquí.
El sentido común me pregunta que adónde voy a ir a las dos de la madrugada de un martes. Se me ocurre que a casa de una amiga mía, Elisa, que vive varias calles más allá, pero ella estará durmiendo porque, como yo, tendrá que madrugar para ir a trabajar mañana. Otra posibilidad es ir a casa de un amigo que también vive cerca, pero él está divorciado, a lo mejor tiene compañía y yo le estropeo los planes. Esa voz interior que me aconseja algunas veces me dice también que no sé qué voy a encontrar en las calles solitarias y que quizá es preferible un peligro ya conocido, al que probablemente podré manejar y hacer frente si las cosas se ponen muy feas.
Mientras el Idiota sigue hablando de matarme, comienzo a hacer, mentalmente, recuento de los objetos que podré utilizar como arma para defenderme en caso de un posible ataque: Los grandes cuchillos para carne y pan que guardo en el fondo del tercer cajón de la cocina, una especie de tenedor con dos largos dientes para sujetar carnes o quesos, el martillo y la más grande de las llaves inglesas que están en el penúltimo de los estantes inferiores de la despensa. En mi dormitorio, de memoria, no hallo nada que me sirva, excepto la lámpara de la mesilla de noche, cuya pantalla es de cristal grueso y resistente.
Estoy sumida en estos pensamientos cuando él sale del cuarto y se dirige a la cocina; aguardo, totalmente quieta, más lúcida y despierta que nunca, prestando absoluta atención a los ruidos que provienen de allí, para saber si él ha ido a buscar una posible arma y, en ese caso, actuar en consecuencia, pero no, sólo oigo la puerta de la nevera al abrirse, el clic de una lengüeta y el silbido del gas de una lata de cerveza o de otra bebida gasificada que libera la presión del recipiente.
No vuelve a mi cuarto, sino que se dirige a la salita y enciende la tele. Me parece oír que se sienta en un sillón individual cuyos muelles rechinan un poco. Me gustaría poder dormirme, pero sé que debo permanecer alerta. Me entretengo un rato pensando qué voy a hacer los próximos días, hasta que él regrese a casa de su madre, para no volver a encontrármelo ni a verme en una situación igual a esta en la que me hallo ahora mismo. Me fastidia mucho no poder descansar porque mañana tendré, como siempre, que visitar y revisar varias obras, y no es aconsejable realizar este trabajo agotada por la falta de sueño.
Me he dado a todos los diablos por no haber previsto una situación así cuando puse las manillas a las puertas de mi casa, ya que ninguna de ellas permite cerrar una puerta por dentro. Tampoco hay ningún pestillo o pasador ni mucho menos una cerradura con llave. ¿En qué estaría pensando yo? Y pronto me contesto a mí misma que he preparado mi apartamento para vivir yo sola, sin intrusos que profieran amenazas, y que esta es una situación inesperada e imprevista.
He decidido que mañana cogeré una bolsa de fin de semana, meteré en ella lo necesario y me iré al apartamento de Elisa hasta que tenga la certeza de que el Idiota ya está en casa de su madre y no volverá a colarse en mi vida. Otra posible solución que se me ocurre es cambiar la cerradura exterior, pero no me gustaría que ese impresentable viniese a aporrear mi puerta cualquier noche. Es mejor la primera opción.
Efectivamente, he hecho bien en no dormirme, porque al cabo de un rato, supongo que cansado de ver la tele, vuelve a mi dormitorio a incordiar. Cuando escucho sus pasos, finjo estar dormida, pero él se acuesta sobre el edredón, como antes, se acerca a mí y comienza con su retahíla de amenazas que siempre llevan al mismo lugar común:
—Mereces la muerte por lo que me haces. No tienes derecho a hacerme tanto daño. Eres una egoísta.
Yo soy una egoísta. Él no, claro. Pero ha sido él quien siempre ha querido salirse con la suya y que yo haga lo que él desea. Claro que no lo ha logrado nunca, pero siempre ha intentado, una y otra vez, forzarme a aceptar sus caprichos. Yo me doy perfecta cuenta de que es un modo de probar hasta dónde puede llegar conmigo. Como cuando el adivino intenta leer el perro de Obélix. Leer el perro es un modo de saber hasta dónde te van a permitir llegar, hasta qué punto vas a poder dominar a alguien. El adivino prueba si le permiten matar el perro para leer el futuro en sus entrañas y halla que no sólo no le dejan sino que además le prometen un formidable tortazo si lo intenta. Pero si se lo hubiesen permitido, sabría que podría hacer lo que le diese la gana. Las mujeres maltratadas sufren continuamente situaciones parecidas a causa del afán de su verdugo por someterlas.
Minerva se despertó, asustada por su pesadilla, y recordó que había vivido aquella desagradable situación el día en que le comunicó a su marido, por enésima vez, su deseo de separarse de él. Claro que aquella ocasión ella logró que fuese diferente. Como ya suponía cuál iba a ser la reacción de él, Minerva se lo llevó a un lugar público, un restaurante, para evitar una escena violenta por parte de él, que había reaccionado así las veces anteriores. Allí le hizo saber que iba a dejarlo y que no cambiaría de opinión, aunque él la amenazase con unas tijeras o con el suicidio, como en otras ocasiones. Todos estos problemas habían marcado profundamente a Minerva y aunque él no había conseguido inspirarle temor, con la repetición de las mismas escenas desagradables y violentas, ella había desarrollado un gran rechazo a cualquier contacto con su marido, aunque sólo se tratase de sostener una conversación. Ya no soportaba ni siquiera su presencia y todo lo relacionado con él la molestaba. Cuando rememoraba las veces que él había intentado influir en sus decisiones o forzarla a tomar una decisión que a él le convenía, Minerva se enfadaba de un modo irracional, primitivo, inexplicable. Habían pasado ya más de cinco años desde la separación y, a pesar del tiempo transcurrido y de lo que se había divertido desde entonces, intentando olvidar todos los años nefastos pasados al lado de aquel marido, sus pesadillas todavía recreaban las desagradables situaciones vividas con él.

domingo, 8 de marzo de 2009

137 La madre de Shayara

He ido de visita a casa de mi madre, que se llama Shayara, como mi hija y como yo. Me está mostrando las fotografías de un álbum en que aparece ella con sus tres maridos y con sus tres hijas. Mi padre fue su primer cónyuge y guarda un cierto parecido con Abdullah. Cuando le hago esta observación, ella me explica pacientemente que mi primer marido es pariente lejano de mi padre. Abdullah, hijo de la segunda esposa de un padre polígamo, decidió, al inicio de su carrera diplomática, que le convenía más ser el primer marido de una mujer importante que tener varias esposas que no lo fuesen. Por eso se casó conmigo, que soy licenciada en Derecho y en Economía, y ocupo un puesto de gran responsabilidad. Para él es muy satisfactorio asistir a una recepción de grandes figuras internacionales y presentar a su esposa como directora general de una empresa y licenciada universitaria por partida doble.
Me siento como quien está viviendo una vida ajena, a la que he llegado in medias res, y, por lo tanto, desconozco lo que ha sucedido y por qué las cosas son como son. Me pregunto de quién es esta vida que yo estoy disfrutando ahora.
Mi madre me cuenta a grandes rasgos nuestra historia, ella dice que como cuando era una niña y quería oír una y otra vez la leyenda de una antepasada nuestra que, con sus poderes mentales y su capacidad para influir en los demás, logró iniciar el cambio de mentalidad de nuestro mundo. Aquella mujer extraordinaria se llamaba Shayara y, desde entonces, todas las primogénitas de la familia llevamos este nombre en recuerdo suyo. Shayara tuvo, muy joven, tres hijas, Shayara, Yasmina y Fátima, a las que transmitió, con sus genes, sus poderes y su ideología para cambiar el mundo. Ella había logrado que su padre la casase con el muchacho que la propia Shayara había elegido para realizar sus planes, y consiguió que su marido, en contra de las costumbres musulmanas, no tomase ninguna otra esposa. En aquella época, hace casi quinientos años, la mujer no tenía acceso a estudios ni a cargos políticos, ni siquiera tenía derecho a los conocimientos elementales, a su propio cuerpo, al placer ni a la salud. De modo que, con el fin de vencer su incapacitación legal para llevar a cabo su proyecto, influyó en su marido, que pertenecía a una familia adinerada, para que estudiase Derecho y Economía, y comenzase una carrera política que fue exitosa y logró mejorar la situación legal de las mujeres, aunque él no vivió lo suficiente para llegar a ver cumplidas todas las aspiraciones que ella, poco a poco, le fue transmitiendo. Shayara supo a tiempo que su marido sufría un mal incurable y le inspiró a este quién debía ser su sucesor, pues ella sabía que como viuda nada podría hacer. El marido moribundo dejó en su testamento expresado su deseo, o el que él creía que era su deseo, de que su mujer, tras enviudar, fuese la esposa de cierto personaje singular e inteligentísimo al que él había ayudado hacía algún tiempo y con el que le unía una buena amistad.
Este personaje, llamado Babrak, había protagonizado una curiosa historia en el mundo musulmán. Proveniente de una influyente familia y acaudalado por su cargo de juez, descontento con su papel de hombre y con todo lo que ello presuponía, decidió someterse a una operación de cambio de sexo sin poder ni siquiera imaginar el infierno que le esperaba en su condición de mujer musulmana. Fue obligado a abandonar su plaza de magistrado y muy pronto pudo comprobar y sufrir en sus propias carnes el desprecio y la falta de derechos de toda índole que suponía ser mujer. Desilusionado de su experiencia, quiso regresar a su antigua naturaleza masculina, pues se le hacía insoportable vivir un solo día más en aquel cuerpo femenino odiado, condenado a permanecer siempre oculto, considerado un vaso de impurezas. Pero como mujer ya no se tenía en cuenta su opinión, ni siquiera su familia consideró sus deseos, y estaba al borde de la desesperación cuando, al parecer casualmente, conoció a Shayara, quien comprendió sin dificultad los sufrimientos de Babrak e influyó en su marido para que intentase ayudarle. De este modo, Babrak recuperó su cuerpo masculino y, con él, los privilegios que había perdido, su antiguo nombre y el cargo que había ocupado. Había aprendido una lección cruel e inolvidable, y comenzó, a causa del recuerdo de su terrible experiencia y quizá también influido por Shayara, a colaborar con el marido de esta en la lucha por los derechos de la mujer, y la amistad entre los tres fue creciendo a la vez que la influencia política de Babrak. Cuando Shayara enviudó, Babrak, cumpliendo el último deseo del que había sido su mejor amigo, la tomó por esposa y continuó la lucha política por mejorar la situación de las mujeres islámicas. Tuvieron tres hijas: Samira, Zahra y Aminara; pero los sucesivos alumbramientos no impidieron que Shayara continuase sus invisibles manejos para ayudar a su marido, ya que ella sabía cómo tocar delicadamente los hilos de los cerebros más resistentes para provocar en las mentes un cambio de ideología tan sutil y, en apariencia, tan natural que no sorprendiese a nadie, ni siquiera al propio implicado. Babrak ocupó cada vez puestos de mayor responsabilidad política hasta llegar a ser diputado y, posteriormente, ministro de Interior. Ya estaba donde Shayara ambicionaba y desde ahí podía promover cambios y modificar leyes. Shayara sostuvo a su marido en ese cargo durante más de veinte años, a pesar de las oscilaciones de la política asiática e incluso de la política mundial. Cuando Babrak falleció, ya estaban casadas las tres hijas del primer matrimonio de Shayara con hombres influyentes que, poco a poco, habían ido ocupando puestos de poder en la situación política del momento. Las hijas de Babrak estaban estudiando sendas carreras universitarias en países occidentales. Las seis muchachas habían heredado buena parte de los poderes maternos, que les permitían introducirse en las mentes ajenas y modificar su pensamiento, sus deseos, sus ideas o sus sentimientos. Shayara había sido una maestra excepcional y había inculcado en sus hijas la necesidad de recurrir a este método en vista de la imposibilidad de llevar a cabo por sí mismas su proyecto. Se hallaban en aquel momento en un proceso muy lento de cambio de mentalidad, en vías de producirse la necesaria separación entre el estado y la religión, paso previo absolutamente necesario para promulgar la ley que establecería la igualdad entre hombres y mujeres. Aún quedaba un largo camino hasta conseguir que la sociedad islámica viese con buenos ojos a una mujer ejerciendo un cargo de responsabilidad. Poco a poco la situación fue evolucionando y bastantes años más tarde, las mujeres ya podían salir a la calle sin velo, tenían derecho a la escolarización y, según la ley, podían elegir al hombre a quien deseaban por marido. Además, se les permitía trabajar y su salario les pertenecía, no podían ser lapidadas ni asesinadas por sus familiares varones, tenían derecho a un juicio justo si cometían algún delito…
Pero aún quedaba mucho por hacer, puesto que la igualdad legal era sólo el principio; a partir de aquel momento había que producir un verdadero cambio de mentalidad, inculcar en todos los cerebros el nuevo papel de la mujer y su importancia en la construcción de una nueva sociedad, una sociedad humana, como diría Ibsen, un escritor europeo de hacía seis siglos, allá por el mil ochocientos y pico.
La alarma del despertador sobresaltó a Minerva justo en el momento en que la madre de Shayara se tomó un respiro en la narración de aquella historia apasionante. Ya era la hora de levantarse, pero lo que en realidad le apetecía a Minerva era seguir escuchando a aquella mujer, saber el final del cuento y, sobre todo, conocer mejor la vida de Shayara y de sus antepasadas.

domingo, 1 de marzo de 2009

311 La visita de Thanatos

Sé que soy ya una anciana, no me he mirado en un espejo, pero he visto mis manos pecosas y arrugadas, con las articulaciones inflamadas y atrofiadas por la artrosis. Estoy acostada en la cama de una aséptica, fría e impersonal habitación de hospital, de paredes blancas y desnudas. Siempre he deseado morir en mi cama, en mi cuarto, en mi casa, pero parece que no voy a poder realizar este último deseo porque creo que la hora de mi muerte se acerca; dos personas se aproximan a la cabecera de la cama, a mi derecha un cura y a mi izquierda una mujer muy elegante vestida de amarillo, cuyo rostro me parece conocido.
Hago señas con la mano derecha para que el sacerdote se aleje. Desde que tengo uso de razón he rechazado todo contacto con la iglesia y la religión, y no voy a cambiar mis principios ahora por el solo hecho de que vaya a morir próximamente. El cura intenta de nuevo acercarse, pero repito los mismos gestos para que salga de aquí cuanto antes. Aborrezco los sermones sobre resignación y todas esas paparruchas que adormecen a la gente y le impiden usar el cerebro para sentir, para sentir el dolor y el placer, en vez de resignarse, porque sentir es un modo de estar vivo, pero la resignación es un suicidio cotidiano, según dijo sabiamente Balzac y yo suscribo. Finalmente el cura desiste de su empeño y se marcha.
La señora ataviada de amarillo se queda a mi lado y me coge delicadamente la mano izquierda entre las suyas, frías y blancas, antes de empezar a hablarme con una voz profunda, susurrante, ronca y atrayente:
—Vendrás conmigo, ¿verdad? –me pregunta, la miro y hago un levísimo gesto afirmativo con la cabeza; ella prosigue–: pero antes quiero que revises tu vida, que seas sincera contigo misma, acaso por única vez durante toda tu existencia, y me respondas si has vivido como deseabas vivir, si has hecho todo lo que habías previsto hacer, si te marchas con una sonrisa de satisfacción o si te parece que has perdido el tiempo en asuntos sin importancia y has dejado pasar tu vida sin emplearla adecuadamente, sin llevar a cabo tus planes. Quiero que reflexiones acerca de todo esto durante el tiempo que necesites y que luego me contestes. No te preocupes –añade, tocando mis labios rugosos con sus blancos dedos fríos–, no tendrás que fatigarte hablando, tú sólo piénsalo, yo lo percibiré como si me lo estuvieses contando.
El interrogante planteado por la dama de amarillo resulta muy interesante, pero creo que ha sido formulado a destiempo. Espero que ella comprenda mis pensamientos y capte el sentido exacto de esta crítica que pretende ser constructiva. En realidad, la pregunta de si se está viviendo como se quiere vivir debería formularse periódicamente a lo largo de nuestra vida, de modo que si a los cuarenta años, por ejemplo, se creyese que se está siguiendo un camino equivocado, se pueda cambiar y encauzar la vida por la senda adecuada. Quizá debería hacerse cada diez años a partir de los veinte, así todo el mundo sería mucho más feliz y no existirían tantas vidas insulsas, vacías, inútiles, infelices, como ahora.
Sospecho que la dama con ropajes amarillos es la muerte, su rostro me resulta familiar, como si lo hubiese visto en alguna fotografía antigua en casa de mi madre, quizá sea el rostro de mi abuela. Probablemente la muerte sea tan inteligente que adopte el rostro de una persona que nos resulte conocida para evitar asustarnos cuando llega.
Claro que hay muchas personas que se sentirían tremendamente abatidas y deprimidas si tuviesen que responder las preguntas que la muerte plantea. Son fundamentalmente aquellas que han dejado a otros dirigir sus vidas o se han dedicado a ver transcurrir los años y a envejecer sin hallar nada que diese sentido a su existencia, sin ilusiones ni planes ni proyectos ni nada, sino sólo el discurrir de los días y de los meses y de los años, hasta el momento de la muerte. Considero que la religión, con su prédica de la resignación y de la vida eterna, tiene la culpa de todo esto.
Y la confesión, que conlleva una colectivización de las culpas, no sólo no nos ayuda a ser mejores sino que invita a pecar puesto que todos los pecados son perdonados a quien se arrepiente de ellos y a quien tiene fe. Este salvoconducto es aún más extraordinario si cabe que la confesión, pues aunque hayas sido la persona más atea, asesina y ladrona del mundo, basta un momento de fe y arrepentimiento para salvar tu alma. La palabra alma es otra de las mejores y mayores estafas de la religión, pues le han hecho llevar una vida independiente del cuerpo y rechaza todo lo que este hace, como si el alma fuese desconocida, externa, y estuviese alejada, separada de la vida corporal, como si no formase parte de nuestro cuerpo ni se alojase en nuestro cerebro.
Creo que conceptos como el pecado, la culpa o la conciencia están muy diluidos para un cristiano pues, con la confesión, lo individual se funde en el grupo y la culpa ya no pertenece exclusivamente a quien la ha cometido, sino a toda la colectividad.
En cambio, una persona atea lleva todas estas cargas de modo individual: su ideología es sólo suya, la conciencia le dirá cuando ha hecho algo mal o bien, no porque ofenda a ningún dios sino porque haga daño o moleste a otros; la culpa será sentida también de modo personal e intransferible, sin que nada la alivie ni pueda expandirse a otros seres. Afortunadamente, el concepto de pecado no existirá para una persona atea que ya tiene carga suficiente con el peso de la culpa y la voz interior de la conciencia.
—Así es –me responde la señora ataviada de amarillo. Viste un traje del siglo XIX, de falda larga, ahuecada por abundantes enaguas, blusa abrochada en el cuello, con chorreras, y chaquetilla corta entallada, sin botones, al estilo de una torera; va tocada con un bonito y elegante sombrero adornado con tul y rosas de tela. Toda su indumentaria es de color amarillo, incluso la sombrilla que airosamente porta en la mano derecha y cuyo regatón apoya con elegancia y garbo en el suelo al caminar.
Minerva se despertó de repente. Sólo la muerte sería capaz de formular una pregunta tan terrible en el difícil trance de abandonar este mundo y deslizarse…, ¿hacia dónde?, ¿hacia una luz?, ¿o quizá en busca de la nada y del descanso eterno, una vez desprovistas estas palabras del sentido cristiano y comprendidas en su significado literal?
Minerva permaneció sentada en la cama, pensando qué podría responder a esas preguntas, si se las planteasen en aquel momento. Reflexionó un buen rato mientras acariciaba a Drácula, que ronroneaba plácidamente, ajeno a los pensamientos que pasaban por la cabeza de su ama. Efectivamente, Minerva había vivido hasta aquel momento como había deseado, había llevado a cabo sus planes y proyectos, y tenía la certeza de que no había desperdiciado su tiempo. Había estudiado la carrera universitaria que había elegido, se había casado y había decidido separarse cuando las cosas se pusieron feas, y era feliz con su modo de vivir y con su gato. De todos modos, pensó, en verdad no estaría mal que de tiempo en tiempo hubiese que hacer una revisión de lo que se había vivido y cómo, si se habían llevado a cabo los proyectos y planes que cada persona se había propuesto o se habían abandonado, si se había respetado la propia ideología y actuado con coherencia o se habían traicionado los principios que habían conformado un modo de pensar individual, personal, maduro. Quizá estas revisiones provocarían que alguna persona se sintiese infeliz o desgraciada, por haber renunciado a sus ilusiones o por haber perdido el tiempo y haber olvidado las expectativas que se había creado en su juventud, pero permitirían retomar el camino abandonado y tener otra oportunidad de ir en busca de la felicidad.

domingo, 22 de febrero de 2009

130 Un extraño acecha

Estoy en el cuarto de baño de la planta baja de la gran casa de campo en la que viven mis padres. Es de noche y estoy mirándome al espejo mientras me pongo una crema hidratante, con la intención de irme a dormir enseguida a mi antigua habitación, cuando percibo que hay alguien fuera de la vivienda, alguien que me observa, oculto en la oscuridad, a través de la ventana iluminada. Entonces decido avisar a mi madre, cuyo dormitorio queda pared por medio del cuarto de baño. Mientras ella se levanta, oigo que el extraño se mueve, pues las suelas de sus zapatos rozan la gravilla, y sale corriendo, escucho sus pasos rápidos que bordean la casa y desaparecen por la carretera, visible de día desde la cocina, pero no de noche por hallarse mal iluminada toda la zona adornada con parras y otras plantas. Después el perro pastor alemán ladra, indicio de que el desconocido ha huido por allí. El perro está atado a unos cincuenta metros de la casa y no puede hacer otra cosa que avisar con su ladrido, para indicarnos que un extraño merodea por los alrededores. En ese momento se me ocurre que será buena idea avisar a mi padre, para que se despierte y prepare la escopeta en prevención del posible regreso del mirón nocturno.
Me dirijo hacia su habitación cuando...
Minerva se despertó, asustada, con la sensación de que se había caído de un lugar alto y su cuerpo se había golpeado contra el suelo. Encontró a su lado a su compañero de la última noche, Alex, que dormía plácidamente, moreno, atractivo, desnudo, tan ajeno a la peripecia nocturna que ella acababa de vivir.
Cuando empezaba de nuevo a conciliar el sueño, Minerva se dio cuenta de que el extraño que acechaba en la oscuridad no podía ser otro que el Idiota, pues nadie más conocía tan bien la casa de sus padres y sus alrededores como para atreverse a vigilarla, sabiendo de antemano por dónde podía huir con rapidez en caso de ser descubierto. Y deseó con todas sus fuerzas no volver a soñar con él aquella noche… ni, en la medida de lo posible, ninguna otra.

sábado, 14 de febrero de 2009

127 El primer marido de Shayara

Abdullah, mi primer marido, acaba de regresar de su viaje a los Estados Unidos de Norteamérica, acompañando a la ministra de Asuntos Exteriores. Toda la familia ha acudido al salón a recibirlo. Me ha saludado a mí la primera, como corresponde a mi rango de cabeza de familia; a continuación, ha estrechado la mano de Ahmed y lo ha abrazado, como es costumbre entre ellos, que, desde que comparten el mismo techo, han ido estrechando su amistad; después ha abrazado y besado a nuestro hijo, al que quiere entrañablemente, y le ha dicho:
—Cada vez que regreso de un viaje, encuentro que has crecido.
Mi hijo ha sonreído y ha vuelto a abrazar a su padre, lo que resulta habitual entre ambos ya que aprovechan al máximo el tiempo que pueden estar juntos, debido a que Abdullah se ve obligado a viajar con frecuencia a causa de su trabajo. Más tarde ha saludado efusivamente a Alí y a Shayara, revolviéndoles el cabello con sus manos y dándoles sendos besos en la mejilla. Finalmente ha estrechado la mano del ama de llaves y del cocinero, que siempre le dan la bienvenida a casa. El chófer también ha estado presente, pues ha recogido a Abdullah en el aeropuerto.
Esta noche Abdullah y yo cenaremos solos en el saloncito contiguo a mi dormitorio y después probablemente haremos el amor y él se quedará a dormir conmigo. Siempre lo hemos hecho así cuando él vuelve de uno de sus viajes, con la aprobación de Ahmed, que dispone de mucho más tiempo para disfrutar de mi compañía. El cocinero ha preparado para esta noche hojaldres de pescado, cordero con ciruelas, puré de almendras con clara de huevo, limón y miel, y gelatina dulce perfumada con agua de rosas, este último postre para complacer a mi pequeña Shayara. Ahmed y los niños degustarán este mismo menú en el comedor familiar.
Abdullah se dirige a mí de nuevo. Es un hombre mayor que yo, de unos cincuenta y cinco años. Lleva el cabello casi blanco bastante corto. Su rostro es atractivo en conjunto, y su barba y su bigote, grises y pulcramente recortados, bien atusados siempre, le confieren un aspecto respetable y distinguido. Es alto y delgado, esbelto, y va vestido elegantemente con un traje gris, camisa blanca y corbata de seda granate y azul marino. Es el único toque de color en su indumentaria impecable, sin una arruga, sin un roce, parece que acaba de vestirse para salir y, en cambio, acaba de llegar de un largo viaje. El cansancio se le nota más bien en los ojos castaños y en los párpados algo caídos bajo sus impecables y gruesas cejas grises. Sus modales son exquisitos, como buen diplomático, y su trato resulta cortés y afable.
Ya estaba deseando irme a cenar con Abdullah todos aquellos manjares...
El timbre del teléfono sobresaltó a Minerva, que dormía plácidamente y se despertó con la impresión de haber dormido poco. Encendió la lámpara de la mesilla de noche y cogió el auricular:
—Sí –respondió.
—A que no sabes quiénes somos –le dijeron desde el otro lado voces desconocidas.
—A que sí –respondió casi mecánicamente–. Una pandilla de idiotas.
Y colgó el teléfono, pero después lo pensó mejor y volvió a descolgarlo, para evitar posibles llamadas del mismo grupo de estúpidos, y decidió que lo mejor sería dejarlo así toda la noche. Acarició la cabeza de Drácula, que dormía acurrucado sobre el edredón, junto a su cadera derecha. El gato comenzó a ronronear y Minerva sólo tardó unos minutos en volver a conciliar el sueño. Podría disfrutar todavía de muchas horas de descanso. Al día siguiente sería sábado y tenía una cita con Álex, que regresaría de Roma hacia el mediodía.

martes, 10 de febrero de 2009

121 El jardín

Me encuentro ante una bonita puerta de madera de nogal barnizada, adornada con una llamativa aldaba de latón con forma de cabeza de felino. Experimento una gran curiosidad por lo que puedo hallar tras esta lujosa entrada. El robusto pomo de latón es de líneas sencillas y ligeramente curvas. Al asirlo con la mano derecha, noto su frialdad y siento un mal presagio; lo presiono para hacerle girar, la puerta se abre con suavidad, silenciosamente, y percibo un aroma de lilas secas en la estancia que permanece a oscuras. No sé por qué, pero tengo la certeza de que a mi izquierda hay un interruptor, palpo la pared rugosa y lo pulso, una luz tenue invade la estancia y me horrorizo al ver que en su centro, un túmulo vestido de negras telas sostiene un ataúd abierto… El terror que me invade me inmoviliza los pies, impidiéndome huir. Mis ojos están fijos en el féretro lacado de color marfil cuando toda la estancia desaparece y de repente me hallo en un jardín hermosísimo, lleno de rosas blancas, rosadas, amarillas, rojas… Es un lugar de ensueño al que no sé cómo he llegado. Tengo la certeza de que me pertenece, tanto el jardín como la mansión enorme y lujosa contigua a este, pero no sé cómo he podido adquirirlo teniendo en cuenta que mi familia siempre ha sido más bien de clase media y no creo que ninguno de nosotros pueda permitirse un gasto semejante.
Parece el escenario propio para el anuncio de un perfume o de un coche caro y de lujo, un lugar idílico, más adecuado para una película romántica que para una vida ajetreada como la mía. Miro a mi alrededor y todavía sigo preguntándome cómo lo he conseguido. Esta duda no me permite disfrutar de la belleza que me rodea. ¿Me habrá tocado la lotería? ¿Se habrán vendido con gran éxito mis libros sobre calidad y economía en la construcción? ¿Me habrán ascendido tanto, tanto como para tener un sueldo que me permita vivir tan lujosamente? ¿Habré conseguido un amante rico? Esta última posibilidad me parece poco probable, pues sé que tengo la cabeza demasiado bien amueblada como para ser mujer florero. Además, creo que ya no tengo edad; para ser la querida de alguien, sospecho que hay que tener menos años y menos opiniones firmemente arraigadas. El timbre del despertador liberó a Minerva de todas aquellas preguntas y reflexiones que comenzaban a agobiarla y que, sin duda, le impedirían disfrutar de la belleza del jardín. Una vez más, el momento del despertar supuso una liberación. Ella no poseía lujos ni riquezas innecesarias, y debía acudir a su trabajo, como cada mañana, para ganar el sustento familiar, es decir, para poder permitirse cierta comodidad y holgura en su existencia diaria junto a su gato Drácula.

domingo, 1 de febrero de 2009

120 En peligro

Voy por una carretera desconocida, en el coche del Idiota y es él quien conduce. Al lado de la carretera, casi lamiendo su orilla izquierda, hay un pantano lleno de un agua negra y tranquila que me parece peligrosa a pesar de su aparente calma.
Las cumbres de las altas montañas que se extienden a uno y otro lado de la vía están nevadas e incluso en sus laderas pueden observarse grandes manchas blancas de nieve en medio de la exuberante vegetación.
La carretera por la que viajamos está en bastante mal estado, es estrecha, no han señalado ni limpiado las cunetas ni pintado la raya central indicadora, tiene baches de trecho en trecho y está desierta, no nos hemos cruzado con ningún otro vehículo ni hemos visto a ningún peatón.
Me siento en peligro, pues sé que nada bueno puede venir del Idiota y me mantengo alerta. Ninguno de los dos habla. Él parece concentrado en la carretera o en su tarea de conducir el coche. Inesperadamente, él abre la portezuela de mi lado a la velocidad del rayo y me empuja fuera. Me siento caer en el agua negra y fría del pantano…
En su intento por sobrevivir, Minerva agitó los brazos como si intentase nadar y le dio un manotazo a su gato, que maulló, bufó y saltó hacia los pies de la cama, moviendo la hermosa cola para mostrar su enfado. En ese momento ella se despertó, asustada, encendió la luz e intentó respirar, al principio, con dificultad, y luego, poco a poco, reposadamente. Por fortuna estaba sola, bien arropada por un mullido edredón, con su gato Drácula. Del Idiota, ni rastro…